Cortesía: Instituto Cultural de León

¿Alguien vio a mi padre?

Lo que importa es emprender una aventura. Tener algo que contar. Los nietos alrededor de la fogata se aburrirán si escuchan la historia de un padre responsable, que llevaba todos los días a sus hijos a la escuela, que les compraba un helado y hacían la tarea juntos.

Un tipo interesante, un héroe, un moderno Odiseo visitó lugares lejanos, besó, se enamoró, fornicó sin condón, fue perseguido por novios y maridos celosos, se fue sin pagar la cuenta de muchos lugares y visitó la cárcel.

La vida se esfuma y hay que bebérsela de un trago (o de más). El padre ausente ni siquiera se da cuenta que lo es. Simplemente desaparece. La estabilidad le aburre, por eso escapa. Ante la asfixia despliega sus alas y se regresa a la casa de sus padres o busca una amante que lo mantenga por un tiempo.

El padre ausente vive en Comala. El padre distante, autoritario, vacío, estruja y devora lo que se atraviesa a su paso. Juan Rulfo en su novela Pedro Páramo retrata las cadenas que unen a las familias. Siempre hay una madre que acumula rencores, que no olvida, que no necesita apuntar fechas ni resabios. Todos los días los repite mientras lava, plancha, soporta humillaciones y descansa en un lugar ajeno. Arrimados madre e hijo o hijos viven de la caridad-compromiso-reproche de las familias que les brindaron asilo. Las peores recriminaciones siempre son las de los padres: “Te lo dije, con ese no” y otros insultos pulidos con el tiempo, goteo paciente, hidropónico.

La madre memoriosa dicta, ordena: “No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio…El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cobráselo caro”.

El peregrinar del hijo en busca de un fantasma. Un hijo en busca de sus genes, de su identidad. El camino puede ser largo y lleno de mentiras. En ese trayecto el hijo puede descubrir que esa sombra por la que siempre se preguntó, por ese rostro que recreaba en su mente, por ese hombre con el que imaginó jugar y al que aguardaba en las noches de navidad y de reyes, no es más que un alcohólico, drogadicto, desempleado, delincuente, político que resguardó su reputación, hijo que no se rebeló a su familia, hombre casado. Máscaras que se deshacen entre los dedos.

O peor aún, puede descubrir que su Pedro Páramo (o Pedro Hernández, Martínez, Pérez) es un asesino, un despiadado que no duda en destruir a todas las mujeres que giran en su órbita. Un hoyo negro que se alimenta de todo lo vivo. Un cacique que se aferra a lo único que venera: él mismo.

Los hijos de Pedro Páramo siempre se preguntan: ¿Quién te dará el santo y seña de los pasos de tu padre? ¿Quién te dirá por qué te abandonó? ¿Serás capaz de detenerte y ver a los ojos a tu madre y responsabilizarla de escoger a ese hombre, de abrirle las piernas a un perdedor, de no usar la pastilla de las 72 horas antes de que llegue el diablo?

 

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Daniel Francisco Martínez

Descubro y hago posible la magia de los libros.

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