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Drácula existió y se llamaba Vlad Tepes


Drácula, el vampiro más famoso de la literatura, vio la luz del sol (jajajá, chistín, chistín) en 1987. Bram Stoker fue quien empuñó la pluma para ofrecernos el ahora clásico de la literatura de terror. Drácula es la consolidación total de la común leyenda del vampiro.

De la mano de Jonathan Harker, secretario del juzgado inglés, conocemos al refinado conde Drácula. ¿El escenario? La ciudad de Bistritz, un castillo escondido en lo más recóndito de los Montes Cárpatos en Transilvania. Y, aunque nuestro astuto amigo logra escapar de manos del sanguinario vampiro, fue perseguido hasta Londres, donde pagarían por su osadía muchas personas inocentes. Se encontró también con Mina, la prometida de Harker, de quien se enamoró. No, no quería ella convertirse en vampiro, ni él brillaba bajo el sol. Más bien que se armó un alboroto de los grandes. Se formó un equipo grande que quería acabar con el conde Drácula, así que lo persiguieron.

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No, no, no. No se trata de una novela que valga sólo por la historia vampírica. El papel de la mujer , la sexualidad, la inmigración, son temas estrella de este magnífico texto; estos no sólo ofrecen un contexto a la novela, sino que retratan a la perfección la época victoriana.

¿Salió todo esto de la mente del autor Bram Stoker? Sí y no. La leyenda del vampiro ya rondaba por toda Europa Central hace mucho tiempo (MUUUUCHO, en serio). Fue ella una gran fuente de inspiración. Pero la llave maestra se la debe total y absolutamente a  Arminius Vámbéry,  erudito húngaro con quien conversó de Vlad Drăculea, o Vlad Tepes “El empalador”. El verdadero Drácula, de carne y hueso.

Vlad Tepes, el verdadero Drácula

Vlad III, principe de Valaquia entre 1456 y 1462, se hizo famoso por la manera en que castigaba a sus enemigos. Fan de hueso colorado de los asesinatos en masa. El culpable del asesinato de aproximadamente el 20% de la población, fue él.  Lo más interesante (y aterrador a la vez) no es, increíblemente el qué, sino el cómo.

Permíteme contarte que su apodo “El Empalador” se debe a uno de sus métodos de tortura preferidos, sino es que el predilecto. El empalamiento era su ejercicio de ejecución preferido. Tampoco es que tuviera que elegir por muchísimo tiempo, pues se caracterizaba por un caracter volcánico e impredescible (¡UY!).

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Aunque, de este lado de la historia creemos que nada justifica sus actos, quizá nos hagan dudar sus motivos. Era duro y enardecido con sus enemigos; odiaba los robos, las mentiras y el adulterio (nos parecemos a él en algo, ¿no?), aunque entre sus enemigos se encontraban también musulmanes y cristianos. A ellos, y a los enemigos de la patria les daba una muerte lenta.

Pero ¿cómo es que comenzó tanta crueldad? Vlad Tepes, qué feo que fuiste así. Pues entremos en el chisme,  fue cuando a los boyardos (ah, porque Valaquia andaba en problemas con los otomanos) les organizó un festín. Paren su tren, no los envenenó, tampoco los mató así sin más.  Empaló a los más viejos. Los más jóvenes fueron desde Târgoviște hasta un castillo en ruinas que había en un monte cercano al río Argeș. Algunos perecieron en el camino.

Los que llegaron fueron obligador a construir el castillo del conde Drácula. Morían de cansancio, de agotamiento, dos cosas de las que desgustaba nuestro amig Vlad.  ¿Y los empalados morían así sin más? ¿Uy, así qué chiste? Pues no, también disfrutaba su descomposición. Incluso gustaba de formar con ellos diversas formas geométricas que luego ponía sobre las ciudades a las que quería devastar.

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¿Recuerdan que también odiaba cristianos y musulmanes? Pues no es que sólo los haya obligado a irse (bueno hubiera sido), tampoco que se conformara con darles cuello. ¿Qué creen? Sí, los empaló. Pero además, los colocó en un bosque, aún aullantes, en donde ofreció un festín. Habría que pensar también quién demonios iría a un festín con ese panorama, ¿no?

Asegúrate de que tus ojos puedan abrirse aún más porque no te he contado el final. Cuando ya tenía la barriga llena, le faltaba el corazón contento. Decidió, para cerrar con broche de oro, incendiar a los 30 00 empalados agonizantes.

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Puedo casi asegurar que, si fueras tú uno de aquellos ciudadanos preferirías cualquiera de sus otras torturas que un empalamiento, ¿no? Te traigo aquí su catálogo: la amputación de miembros, nariz y orejas, la extracción de ojos con ganchos, el estrangulamiento, la hoguera, la castración, el desollamiento, la exposición a los elementos o a fieras salvajes, la parrilla y la lenta destrucción de pechos y genitales, especialmente de las mujeres.

La mente de Bram Stoker logró conjuntar la crueldad de Vlad Tepes con las leyendas rumanas. Pero luego de leer lo que el príncipe era capaz de hacer, ¿no hubiéramos preferido todos una rápida y dolorosa mordida directo en la yugular?

 

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Un clásico de la literatura para un monstruo de la vida real

 

 

Haciendo las paces con mis enemigos, Jessica Montoya

 

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Jessica Montoya Piñón

Dieciséis años he sido estudiante. Tan tradicional que todo parece indicar que tengo cuarenta desde los quince. Quasi-comunicóloga, quasi-escritora y quasi-Madame.