Carlos Monsivais, entrada libre, ciudad de méxico, santa fe

Los últimos días de mi ciudad

Ciudad del caos, Ciudad de México, tierra chilanga, ciudad árida, estridente, laberinto que desemboca en un río de aguas negras, en un Monumento a la Revolución sitiado.

Somos una generación privilegiada, seremos testigos del fin de una ciudad legendaria. Drenajes colapsados, líneas del Metro que se deterioran como mercancía china, ambulantes que izan su bandera en las banquetas, edificios que se construyen en el fango.

Ciudad del automóvil, donde su industria delinea las políticas públicas. Cuando se inunde o un terremoto derruya sus estructuras, no estará su mejor cronista para contarnos el fin de los tiempos.

Carlos Monsiváis era un mago. Se podía aparecer por la tarde en El Ángel para tomar nota de los festejos-disturbios provocados por los triunfos futbolísticos y en la noche ir a las luchas a la Pista Arena Revolución. Podía escribir una crítica corrosiva en Proceso y más tarde hacer una escena para Lola la Trailera, y más tarde aún, aparecer en el programa En Caliente de José Ramón Fernández.  

Recopilaba las contradicciones discursivas de la clase política. Cada semana, primero en La Jornada y después en Proceso, su “Por mi madre bohemios” era la mejor antología de la ignorancia de los voceros de los poderes fácticos.

Monsiváis en su libro “Entrada libre” nos recuerda el nombre de la negligencia y la corrupción: San Juanico. Una zona metropolitana mal planeada, sin un sistema de protección civil eficaz, autoridades que permitieron que se construyera en zonas de alto riesgo. Ciudad confundida que ya no sabe dónde comienza o termina.

Carlos Monsivais, entrada libre, ciudad de méxico, santa fe

Foto: Fondo de Cultura Económica

En sus crónicas también había un resquicio de esperanza, algo de luz. “Entrada libre” también es la descripción de la solidaridad de los ciudadanos en el temblor de 1985. Ante el pasmo de las autoridades, ante la parálisis gubernamental, el pueblo se organizó y desplazaron al gobierno.

Monsiváis no sólo detallaba los errores, el cronista se ensuciaba los zapatos y tomaba partido. No era un editorialista de oficina. Era capaz de escribir sobre la tragedia pero también sobre el festejo. Sus ojos podían captar el valor de los rescatistas salvando vidas.

La Ciudad donde no quedará lugar para estacionar las bicicletas, que no sabrá qué hacer ante el siguiente temblor, que construyó Santa Fe para recordar a la Torre de Babel, que se volverá polvo, no tiene quién le firme su epitafio.

Comentarios

Daniel Francisco Martínez

Descubro y hago posible la magia de los libros.

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