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Me lo cambiaron, ¡que me devuelvan a hijo!

Esta expresión es muy utilizada entre los padres que tienen hijos en la etapa de la pubertad o la adolescencia. De repente sienten que ese niñito que habían estado criando durante 9,10, 11 años se comporta o tiene reacciones totalmente diferentes a las de siempre y entonces gritan: ¡que me devuelvan a mi hijo!

Papás, ténganlo en claro: la pubertad y la adolescencia son períodos que generan tanto incertidumbre en la persona que la vive como al que la rodea.

Pero ¿por qué tanto miedo a esto?

Todos sabemos que ambos son un proceso de muchos cambios, cambios que generan que ese bebé que fue creciendo y se fue volviendo más independiente con los años, empieza a tener modificaciones físicas, psicológicas y emocionales que en muchas ocasiones, si no es que en la mayoría, ni él comprende qué le pasa.

Por ello, un buen ejercicio para atravesar por esta fase es recordar un poco nuestra propia pubertad, en donde todo sentimiento se hacia grande: si estabas triste estabas muy pero muy triste, si alguien te hacia enojar había quizás momentos en los que ni tú mismo los reconocías.

Es importante que como padres estemos presentes, escuchemos lo que hablan nuestro retoños, observemos lo que ese nuevo ser (que está naciendo en él o ellos) hace, cómo se comporta.

Todos los seres humanos que hemos pasado por esto lo sabemos. Perder el miedo al cambio implica estar consciente de que la pubertad y la adolescencia no son una justificación para que tú hijo se convierta en un perfecto desconocido, el cual contesta, se mal encara todo el tiempo, grita sin razón o simplemente no hace caso a nada de lo que le dices. Ambas son una etapa más en la vida de un ser humano, las cuales generan crisis, pero que hay que vivir, reconocer y afrontar… y ahí sí tú como padre tienes la labor de estar muy cerca de él.

Por favor papitos, no les den a sus hijos la posibilidad de creer que porque son “pubertos” tienen la posibilidad de maleducarse y romper todas esas reglas o normas de civilidad que les han puesto en casa. Solo denles la posibilidad y las herramientas de conocerse, respetarse, entenderse  (poco a poco porque eso toma una vida entera) y quererse como son, ayúdenlos a saber que están ahí pero que al mismo tiempo respetan su espacio.

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Alicia Rábago

Especialista en orientación familiar, inteligencia emocional y educación. Master en psicología infantil.

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